24 ABR
2014
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San Lorenzo superó 1-0 a Gremio, con gol de Correa, en un duelo de dientes apretados. Mercier fue la figura de un equipo que no brilló, pero metió, luchó, ganó y consiguió mantener su valla en cero. ¿Los brasileños? Un rival chivísimo. Flojo arbitraje del chileno Osses.

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Por la diferencia mínima, pero diferencia al fin. El Ciclón viajará a Porto Alegre con la doble ventaja de haber ganado el primer cotejo y de no haber recibido goles. Es cierto que el funcionamiento estuvo lejos de ser óptimo, que costó muchísimo llevar peligro al área rival y que -de hecho- se pateó muy pocas veces al arco en 90 minutos. Pero con el tiempismo de Mercier, el corazón de Buffarini, alguna que otra corrida de Villalba, el aguante de Matos, los destellos de magia de Correa y -en líneas generales- un alto nivel de concentración de todo el equipo, a Boedo le alcanzó para festejar ante un adversario que no se la hizo nada fácil.


De entrada, nomás, Gremio dejó entrever que no había venido a Buenos Aires de paseo. Con agresividad y despliegue, los brasileños impusieron respeto a un San Lorenzo que maquillaba con empeño las pocas luces de sus principales figuras, y que llegaba muy poco (un remate alto de Matos, que se fabricó el espacio, y no mucho más). Y así como a Boedo sólo le tocan árbitros localistas cuando sale al exterior, Osses se mostró excesivamente celoso en favor de la visita (es cierto que pudo haber cobrado penal de Buffarini, en la única acción discutible en la que no perjudicó al conjunto azulgrana).


La apertura llegó antes de que el reloj fuera sinónimo de nerviosismo, en el inicio de la etapa complementaria (a los 6). Lateral rápido de Mercier a Villalba, quien la mandó al área; Matos lo habilitó a Correa, que se acomodó con la electrizante viveza que lo caracteriza y sacudió al medio, venciendo la resistencia de un sorprendido Grohe. Eso sí: si alguien pensó que a partir de ese instante a San Lorenzo se le haría todo más fácil, se equivocó. Gremio vendió cara la derrota, adelantándose en la cancha y llegando con algún peligro, pero sobre todo manteniendo el mismo grado de intensidad en la disputa del balón con el que se había plantado desde un principio. Con Kannemann por Piatti, Bauza dio a entender la importancia del 1-0 (Cavallaro -que tuvo una muy clara- y Elizari, por Villalba y Correa, fueron los otros dos cambios). Claro que para consumarlo hubo que sufrir, no iba a ser de otra manera. Buffarini quiso rechazar al córner, pero le dio con la canilla y Torrico, confiado, la embolsó sin pensar que Osses cobraría indirecto. Fue el momento de máxima tensión en el Bidegain y hubo que encomendarse a todos los santos, pero se zafó.


El pitazo final combinó alegría, desahogo, bronca contra el trasandino y algo más.


Me reifero a la ilusión, por supuesto. Esa que nos acompaña desde que arrancó la Copa, la que no murió pese al pobre desempeño en la fase de grupo, la que revivió con la milagrosa clasificación y la que se hará presente en Porto Alegre para bancar la diferencia conseguida. La que nos hace soñar. La que sobrevuela el sentir cuervo. La que, pase lo que pase, identifica a San Lorenzo.

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