19 SEP
2013
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POR TORRICO, EL CICLÓN A LA FINAL


Luego de empatar 1-1 en los 90 y -lo más preocupante- de no marcar diferencias en cancha ante un equipo que vegeta dos categorías abajo, San Lorenzo logró la ansiada clasificación a la final de la Copa Argentina en la tanda de los penales (5-4). Superada la angustia, logrado el alivio, muchísimo para reflexionar.

POR TORRICO, EL CICLÓN A LA FINAL

De un lado, un plantel de Primera División, entrenado como tal, con contratos sumamente onerosos, casi 40 millones de pesos en refuerzos y un DT que declaró recientemente que se trata del equipo "que mejor juega al fútbol" en el país. Del otro, once voluntades, mucha hambre para suplir la falta de jerarquía, compromiso en cada pelota y una mejor distribución de los jugadores en la cancha. ¿La diferencia entre uno y otro? Un penal. Así clasificó San Lorenzo, así quedó afuera Estudiantes de Caseros. Pero perfectamente pudo haber sucedido lo contrario.



El Ciclón mojó en una de sus primeras incursiones, porque -tras un par de rebotes- Buffarini la calzó justa y la acomodó contra un palo. Iban 10 minutos del primer tiempo, y hasta ahí el más ambicioso era Estudiantes. Con la apertura del marcador, todo hacía prever que Boedo se tranquilizaría, que haría circular la pelota e impondría su superioridad individual. Lejos estuvo de suceder. La tenencia anduvo repartida, las chances de gol también. Pero lo más importante es que nunca se jugó a lo que quiso San Lorenzo, sino que -durante la mayor parte del tiempo- fue Estudiantes el que impuso las condiciones del juego.


 

En la segunda mitad, el trámite no mejoró. El equipo de Pizzi no era profundo. Entre Elizari, Ruiz y Piatti -tres enlaces- no hacían uno. Villaba decidía siempre mal. Y Kalinski y Navarro perdían más de lo que ganaban en el medio (notoria ausencia la de Mercier, cuyos relevos suelen maquillar el descalabro táctico que suele ser San Lorenzo). Por eso no sorprendió que, tras varias idas y venidas en el área, el grandote Delorte estampara el 1-1. En el fondo, era humillantemente justo.


De ahí en más, cabía esperar que los de Caseros se abroquelaran ante un incesante arrinconamiento azulgrana. Tampoco ocurrió eso. A grandes rasgos, el arco de Ríos no sufrió grandes sobresaltos. El recién ingresado Verón fue el único que inquietó. Y así se llegó, sin más, a los tiros desde los 12 pasos, donde Torrico volvió a vestirse de bombero y apagó el incendio, como frente a Morón.


Estamos en la final de la Copa Argentina, esperando por All Boys o Arsenal. Noventa minutos nos separan de un título y de la clasificación a la Libertadores. ¿Era necesario sufrir tanto, estar a punto de despilfarrar esta oportunidad? Algo está más que claro: habrá que mejorar muchísimo para dar el paso que falta.

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