10 FEB
2015
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AMOR VERDADERO


Por Pablo Jelovina
Escritor. Autor de La Pluma Más Negra. Socio Nro. 89.067
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Twitter: @10Boedo
EtiquetasEtiquetas: Azulgranarte

Innumerables ejemplos hay de que el hincha de San Lorenzo no es igual a los demás. Y uno de los motivos es que donde transitamos, dejamos siempre una huella visible propia de nuestra identidad azulgrana irrefrenable. En estos “Relatos de Verano”, se presentarán algunas historias cortas que ilustran que para nosotros San Lorenzo está presente en cualquier situación de vida. San Lorenzo… hasta en la sopa. 

AMOR VERDADERO

Globos por doquier. No había una pared que no tuviera esa forma tan lejana a mí con esa letra tan lejana a mí en su centro. Cuando nos dimos el primer apretón de manos vi cómo se le empezaba a desdibujar el rostro. Mi brazo desnudo anunciaba, tatuado, su anticristo. Sus ojos apenas pasearon por el “San”, pero los algoritmos se resolvieron en milésimas de segundo. Por sus cincuenta y tantos años pasaron mil cosas que fueron reprimidas con dificultad, tal como su musculatura facial evidenció. Apenas una tos que sirvió como distracción. Y la espalda. Y nunca más una mirada directa a los ojos. “Mi viejo es de Huracán. ¿Se tienen bronca con San Lorenzo?” Yo pensaba que si no fueras tan linda y tan perfecta merecerías que te dejara ahí mismo entre insultos y las frases más machistas del mundo. No entendías nada de fútbol, pero suplías todo con otras virtudes que en ese momento me importaban mucho más que la sabiduría. “Cati, ¿venís un momentito?” Tu viejo te encerró un rato. Yo quedé sentado en el sillón del living de tu casa rodeado de esas haches rojas horrendas. La hermanita de Cati, que apenas balbuceaba algunas frases incongruentes se fue a la cocina en medio de un discurso que parecía compartir con un muñeco que no tardó en revolear.


Y de pronto, en medio de aquella metálica soledad, se acercó solemne la madre de Cati. De una belleza admirable, me miró con ojos maternales, ojos que por momentos vigilaban el picaporte de la puerta del cuarto en el que Cati y su padre llevaban adelante alguna conversación. “Si de verdad la querés a Cati, vas a tener que enfrentarte a ciertas cosas. Dalmiro es un buen hombre, pero es pasional, y el fútbol es muy importante en su vida. No te lo pongas en contra. El amor es lo más importante en la vida”. En su belleza vi reflejado el futuro impecable de Cati. Por más que suene superficial, aquella figura femenina era una promesa que se sumaba a una agraciada realidad. “Se nota que sos un buen chico. De a poco vas a saber que si lo que sentís realmente es fuerte, el amor puede superar cualquier barrera.” Sus últimas palabras llegaron acompañadas del ruido del picaporte que anunciaba la vuelta de padre e hija. En Cati apenas había un dejo de fastidio. En su padre Dalmiro, un llanto reprimido, un rosado que seguro fue rojo furioso en sus mejillas y los ojos como espejos que ocultaba sin mesura. “En cinco minutos está la cena”, sentenció la dama mayor. “Vení a ayudarme, Cati”. Se fue a la cocina y a la pasada me regaló una sonrisa que no era más que un arma de manipulación masiva. Su andar categórico hacia las fauces de aquel habitáculo terminó de desarticular cualquier defensa.

Desarmado, quedé por primera vez a solas con Dalmiro. Al principio me ignoró. Yo volví a recorrer las paredes mudas con la mirada. Reparé en que el hombre, un tanto abatido, realizaba movimientos más cercanos a la excusa que a alguna funcionalidad. Hasta que en un momento se quedó quieto. No me miró, pero me dijo algunas cosas. No le presté la suficiente atención. Me quedé repasando las palabras de la madre de Cati y su sonrisa. Me quedé imaginando cada una de sus hermosas curvas entregadas a mi voluntad. Viajé hacia un futuro perfecto entre aquellas angelicales reacciones. Y resonó con una fuerza estridente que el amor puede superar cualquier barrera. Que el amor es capaz de unir lo incongruente. Que el amor es el antídoto a cualquier diferencia que parezca irreconciliable. Dalmiro siguió hablando un poco. No pude escuchar sus últimas palabras. “El amor es lo más importante en la vida”. No había dudas de que la madre de Cati tenía razón.


Mientras me iba, solo, sabiendo que ya no volvería a pisar nunca más esas veredas, pensé en lo mucho que me gustan los finales felices. Sobre todo, finales como éstos, en los que indudablemente, triunfa el verdadero amor.

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