25 DIC
2013
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AZULGRANARTE NAVIDEÑO


EtiquetasEtiquetas: Campeón - Azulgranarte

De taquito, de navidad, con la nuca, para tu cumpleaños. Azulgranarte capítulo 45.

AZULGRANARTE NAVIDEÑO


Pero en lo que todos coincidimos es en que el mejor era el campeonato.

Es motivo de charla casi constante entre los que amamos el futbol, la manera en la cual uno sigue las instancias de un partido por TV. ¿Describirlas? , ¿Contarlas?...
Dejemos que lo haga Martin Perez a través del escrito que nos hizo llegar a Azulgranarte.

CAMPEÓN EN EL BAR


 ¿Qué habrá pasado por la mente de Torrico en ese momento?...


Aclaración 


Antes de empezar esta crónica debo decir que una persona el 19 de agosto de este mismo año, bajo las estrellas, en una casa hermosa del Tigre me dijo: “Cuervo, van a salir campeones”. San Lorenzo, en el 3er partido del campeonato acababa de perder 3 a 0 de local contra Argentinos Juniors y toda mi ilusión forjada en las primeras dos fechas se había ido al tacho. Sin matices. De campeón a desastre, fiel a mi estilo. Pero esta persona, mi novia Andrea, la Tana, hecha a base de golpes y fé, apuntaló la ilusión y la transformó en una especie de promesa, en un cuento de navidad que, en ese momento, no tenía final, era una incógnita.


15 de diciembre de 2013 – Bar Miño, esquina de San Juan y Boedo


Llegamos al bar a las  16:20 horas. Teóricamente el partido empezaba a las 18:05 pero rápidamente descubrimos que lo habían retrasado media hora. A esperar. Andrea, con su fanatismo por retratar todo momento que ella considera memorable, llámese un día como ese, en el que uno puede ser campeón, hasta grabarnos levantados a la mañana, tomando mate y hablando pavadas, entró al bar con la cámara siguiéndome hasta la mesa que habíamos encontrado. El bar ya se encontraba atestado de gente, todos hinchas de San Lorenzo con banderas, camisetas y gorros. Familias enteras con bebés y nenes chiquitos. Ese para mí iba a ser el marco final de la tarde. Un bar atestado. Iluso yo, entendería más tarde…


Luego de 10 minutos de espera, un mozo de anteojitos, se me acerca y me pregunta que íbamos a tomar. “Una cerveza, y si podés traémela en un balde con hielo para que no se caliente”. El mozo me miró, me dijo algo que yo entendí como “voy a ver si quedan baldes” y se marchó presuroso. En pocos minutos el espacio que quedaba entre la barra y el acceso a la escalera y el 2do piso fue cubierto por 3 hinchas, uno que ya pintaba canas y tenía puesta una casaca de San Lorenzo de tela de piqué, hermosa, retro. El otro, un gordo inmenso barbudo, con jean y camisa. Del otro ni me acuerdo.


Sin pecar de exagerado juro que, en un abrir y cerrar de ojos, el bar tenía gente parada, ubicada frente a los 2 televisores de plasma que colgaban de las paredes. Me levanté para salir a fumar y me crucé con el encargado del bar que me dijo que si salía no volvía a entrar. Me lo quedé mirando y justo en ese momento apareció el gordo gigante que le dijo “no podés cerrar hermano, es una contravención, como vas a cerrar con la cantidad de gente que hay acá, mirá si pasa algo…?”. El encargado pelado y con cara amarga amagó una respuesta y tras pensarlo mejor dejó la puerta cerrada pero sin llave. Y allí comenzó el éxodo…


Al terminar el pucho intenté entrar pero ya era muy difícil. Junto a la puerta se apelotonaban unas 15 personas que ocupaban el mínimo pasillo hacia mi mesa. Todos mirando hacia uno de los televisores. Al lograr pasar llegué a mi lugar para advertir que el escenario, junto a la otra puerta detrás mío era peor. Además allí se habían ubicado un camarógrafo de ESPN, su asistente de cámaras y el cronista de exteriores que intentaba hacer su trabajo y que, cada vez que desde el canal le daban “aire” era avanzado por 10 hinchas que le cantaban con enorme algarabía en la oreja. Todo esto adentro del bar. 


En el momento en que empezó el partido, el bar ya no era un bar.  


Empezó el partido.
La Tana, medio preocupada viendo las caripelas de allá arriba de la heladera y sudando me pasó a Tellonius. La Tana le puso el nombre Tellonius a su I-pod. Es un I-pod nano que llevamos siempre a la cancha para escuchar alguna transmisión radial mientras vemos el partido. El elegido, en general, es Mariano Closs. El tema es que la transmisión televisiva del fútbol, traída a ese bar desde los satélites de DirecTV tenía un delay de unos 4 segundos, sin exagerar. O sea, yo escuchaba a Closs relatando y en la tele las imágenes venían 4 segundos más tarde… me encontraba en el Delorean de Marty McFly anticipándome a todo, y a todos…


De repente Newel’s hizo el gol, y yo la miré a la Tana y le dije “Gol de Newells”, con mi cara desencajada. Ella me miró nerviosa y también sufriente. Pero nadie más pareció advertirlo hasta que la tele dividió su pantalla, mostró las imágenes de Rosario y todos se enteraron. Estupor, pero a seguir alentando. El bar era un hervidero. De repente, al minuto y medio del gol leproso, gol de Lanús. Yo grité “gol de Lanús!!!”. Y detrás mío  cuatro brazos me abrazaron, eran los dos gorditos que casi me lloraban en súplica de la alegría. El “musculosa” se dio vuelta y me gritó sonriente. El que estaba a mi izquierda, el del sombrero también me abrazó. Andrea y yo nos dimos un beso y seguimos mirando la tele, transpirados. San Lorenzo empataba 0 a 0. Era campeón.


Al arrancar el 2do tiempo el marco era exactamente el mismo pero había todavía más electricidad en el ambiente. Faltaban sólo 45 minutos para la gloria o la tristeza total.


Ya la gente se subía a la silla cada vez que San Lorenzo robaba una pelota, trababa, pateaba o sacaba un lateral. Los minutos no pasaban. Y de repente, gol de Newell’s. A mí se me transformó el rostro, lo dije en voz alta y todos se dieron vuelta y me miraron, volvieron la vista al televisor y putearon. El ánimo comenzó a ensombrecérseme. Empecé a preocuparme. No la miraba a la Tana porque estaba como embrujado por la radio, siguiendo los acontecimientos en la tele y sólo concentrado en que pasaran los minutos. Y empecé a pensar en una hipotética final con Newell´s… Mi mente estaba en eso cuando, como si hubiera sido desenchufado Tellonius se murió.Tellonius se quedó sin batería.


Si el destino había querido que yo viviera el partido “en vivo” junto a toda la manada de cuervos, así debía ser. Y empecé a sentirme mal. Porque el suspenso era mucho peor ya que Vélez, obligado a ganar para forzar otro partido o ser campeón si en Rosario empataban, empezó a ir para adelante. Y yo en vivo, viendo las acciones, ahora en “tiempo real” como todos los demás en ese bar. Empecé a sentirme mareado, nervioso, sufriendo y pensando en lo peor. Sudaba y me aferraba a un globo azul que había recogido tras la salida del equipo. Lo tenía anudado en un dedo que ya tenía la circulación casi cortada, casi azul como el mismo globo. Pero no me importaba.


Y fue allí que Teolindo apareció en mi mente. Teolindo es mi abuelo, fallecido hace 26 años. Primer cuervo de la familia que le pasó esta locura a mi viejo y luego mi viejo a mí. El abuelo apareció en mi mente y yo, ya sin mirar el partido comencé a concentrarme en él, en su rostro, en sus grandes manos de almacenero gallego. En la fuerza que estas tenían aún cuando, ya enfermo, al llegar a su casa me mostraba para que le jugara una pulseada. En su olor, en sus ojos, en su alegre sonrisa… GOL DE LANÚS!!!


Una explosión atronó el bar, miré la tele y la pantalla dividida mostraba el festejo granate y el cartel poderoso que indicaba “Newell’s 2 – Lanús 2”. Me paré y lo grité escupiendo las amígdalas, giré y le grité al gordo de atrás mío “se me murió la radio por eso no lo anticipé” y el gordito, ya sin un ápice de voz me agarró la cabeza y me gritó “No importa, no importa!!!”, miré a otro pibe que estaba sentado en el suelo delante de la Tana y los dos cruzamos el grito eterno de gol mirándonos a los ojos llenos de furia, alegría y emoción. La Tana enloquecía. Gracias abuelo.


Faltaban 13 minutos. Toda la gente ya estaba parada en las sillas, revoleaba remeras, en la mesa de la derecha, el canoso con casaca de piqué junto al gordo grandote arrojaban agua helada de los baldes y nos bañaban a todos. Era un pandemónium. El “musculosa” me pedía fuego y me compartía sus cigarrillos que ya eran fumados adentro del bar…


Yo contaba los segundos, los minutos, nosotros 0 a 0 y allá 2 a 2. Eramos campeones. Pero Vélez se venía. Se venía en busca del gol y San Lorenzo, traicionando su juego vistoso y de ataque se defendía con uñas y dientes, jugando como se juega una final.


Y faltando un minuto, a los 44 del segundo tiempo, todo se enlazó con el comienzo de esta crónica y la pregunta: “Qué habrá pasado por la mente de Torrico en ese momento”? 


Sebastián Torrico, que vino a San Lorenzo a préstamo por dos meses a ocupar el lugar dejado por Pablo Migliore. Sebastián Torrico, que vino del humilde Godoy Cruz de Mendoza, con 33 años. Sebastián Torrico, tal vez, el menos marketinero de todos los arqueros que jugaron al fútbol en toda la historia de nuestro país. Sebastián Torrico y su poco carisma, su perfil bajo, su humildad. Sebastián Torrico, el flaco, el Cóndor. La respuesta, claro, llega ahora a mí de manera contundente: nada pasó por su cabeza en ese momento.


En ese momento en que el juvenil delantero de Vélez, Allione, quedó de frente a nuestro arco, a 5 metros del arco, con la pelota boyándole para calzarla con todo el empeine y arrancar el arco de cuajo, inflar la red y mandar la ilusión de millones de cuervos a la mierda, en ese momento, por la mente de Torrico no pasó nada. Todas sus conexiones neuronales al mismo tiempo irradiaron y le ordenaron a su brazo izquierdo que se levantara y a sus piernas que pegaran un potente salto. No pensó nada porque la concentración fue total, la mente fue blanco absoluto, el reflejo fue perfecto, una bala fue lanzada en contra suyo y tan sólo un aliento y un gruñido fueron lo otro que su cuerpo atinó a proferir. Animal elástico y sagaz. La pelota con trayectoria de velorio se desvió en ese guante erguido y potente y salió por arriba del travesaño…


La gente de Vélez en la cancha se agarró la cabeza y se retorció de angustia y en el corazón de Boedo, en el bar Miño, la debacle comenzó… El rugido fue igual al de un gol. La gente se abrazaba, lloraba, comenzó a gritar el que será un eterno “Torriiiiico, Torriiiico”, volaban las servilletas, el agua, el humo, los gritos. Yo me agarré la cabeza, me senté y medio descompuesto la miré a la Tana que me miraba con los ojos fuera de sus órbitas “la pelota que sacóoooooooooo!!!”.


Si, un milagro.


Faltaban 2 minutos y todos parados en las sillas cantaban los himnos cuervos a garganta rugiente. Yo, todavía cagado, decía “pará que no terminó!!!!” y miraba la tele. De repente, mientras la Tana recogía ese momento con su cámara la temperatura se elevó aún más, hubo como un trueno dentro del Bar, el árbitro Pitana dio el silbatazo final y la gente explotó. El pibe de gorro que tenía a mi izquierda me voló los lentes que tenía sobre la cabeza, los gorditos de atrás se abrazaban, yo me agaché a buscar los lentes entre la mugre del piso y el agua, la cerveza y la Coca, me levanté y grité: “Pará que en Rosario no terminó!!!”. Volví a pararme en la silla y trataba de mirar la tele entre los brazos de todos. Con el rabillo del ojo vi que Lanús llevaba la pelota para el arco de Newell’s, el plano de la tele cambió, mostró al árbitro Vigliano alzando su brazo izquierdo al cielo y con el derecho sosteniendo el silbato pitando el final. San Lorenzo campeón. La miré a Andrea que estaba parada en otra silla, la traje hacia mí y en medio de los gritos, los baldes que volaban, la gente que se abrazaba y un calor insoportable la besé mientras le gritaba “¡¡¡es tuyo, es tuyo, es tuyo, 19 de agosto de 2013!!!” “¡¡¡Siempre creíste, es tuyo!!!” entre lágrimas y carcajadas nos abrazamos, bajé de mi silla y mientras la maroma de gente salía del bar a festejar en la esquina Homero Manzi, la alcé entre mis brazos y besándonos, chocando sillas y mesas y resbalándonos en ese piso hecho caldo la saqué del bar hacia la noche, al festejo eterno. 


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