13 AGO
2014
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BIEN ALTO


Por Pablo Jelovina
Escritor. Autor de La Pluma Más Negra. Socio Nro. 89.067
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Twitter: @10Boedo

Palabras que pesan mil kilos. Como aquella tarde de promoción, de llanto, fui a buscar a la bolsa de verbos, sustantivos, adjetivos, los términos que nutran al extremo las sensaciones que hoy me habitan. Porque las proezas, surjan donde surjan, siempre se parecen.

BIEN ALTO

San Lorenzo es una fábrica de epopeyas. San Lorenzo es el hogar de las hazañas.


Todas las situaciones que atravesamos pasean sobre una frágil soga, bailan en la cornisa de la vida y la muerte. Un descenso, un campeonato, una copa, un reclamo de justicia, una esperanza, nos moviliza a calzarnos el yelmo, la espada, y salir por entre medio del Hades a convertirnos en héroes. Si hay un camino más simple, lo desechamos con altura. Nosotros queremos barro, queremos mugre, las queremos aunque no las queramos, está en nuestra naturaleza incontrolable. Amamos las dificultades, porque son las que nos permiten demostrar esa grandeza que otros ponen sólo en metales baratos. Porque no nos importan los metales. Nos importa vestirnos de héroes.


Nosotros supimos siempre detectar la grandeza. Tenemos una brújula perfecta para identificarla en cualquier situación, hasta en una botella de agua mineral con la que bañarnos al término de un partido de Copa Libertadores, hasta en estadios por llenar cuando nuestra casa era la casa de otro. La buscamos como antídoto a los maleficios. Maleficios. ¡Maleficios, carajo! Qué mejor remedio para un mal, que un corazón repleto de heroísmo. Cómo creer en maleficios cuando tenemos el pecho recargado de orgullo. No hay miedo que puede escarbar cuando recordás por un segundo al Bambino pidiéndonos ir a Rosario con fe, con esperanza, con treinta mil feligreses que hicieron de la aventura un culto, que como magos ilusionistas nos mostraron una epopeya donde parecía haber restos de un hechizo mediático.


No te asustes cuervo. A nuestro juego nos llamaron. A subir en dos años una escalera deportiva que nos va acercando a la meta, esa que ya se empieza a ver detrás de las nubes miedosas. A nuestro vuelo nos llamaron, cuervo. Al de no tener vértigo en las alturas. Qué miedo vas a tener si ya atravesamos tantas cimas. Si ya cruzamos copas, torneos, descenso, injusticias, represión, promociones. Las vivimos todas. Las llevamos en la piel. Cómo le vas a temer a esta altura si estás acostumbrado a recorrer, como un paraíso prometido, la más alta cumbre que hayamos conocido. La altura de tu grandeza, de nuestra dignidad.


Porque la grandeza, Cuervo querido, está en tus alas negras. Antes de salir para la cancha, hermano, mirate al espejo. Reconocé el salvajismo de tu espalda. Porque allí nacen tus alas y ellas son las que te permiten volar, soñar, y las que te van a hacer aterrizar en un San Juan y Boedo cada vez más santo, cada día más encumbrado.


Sacate la mierda que te paraliza. Sacate los mil kilos que pesan mis palabras. Calzate las alas y rompete en mil partes la garganta. Subite a este grito de esperanza que atraviesa generaciones. Y sentí la frescura del viento de invierno que te transporta bien alto, a la cima de este arriba sin final. De este arriba merecido, cumbre santa, que cada vez, más alto está.

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