27 AGO
2020
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CONTATE OTRO 2.0 (PARTE 8)


Por Carlos Balboa
Periodista. Socio 12.236. Socio Refundador 2.045

Llegamos al octavo de los mitos revisionistas, uno de los más importantes para validar su equiparación de títulos. En este ítem admiten lo evidente: que el amateurismo estuvo plagado de irregularidades. Pero “embarran la cancha” señalando que también las hubo -y las sigue habiendo- en el profesionalismo. Veamos qué dicen al respecto y qué no...

CONTATE OTRO 2.0 (PARTE 8)

Sólo en tiempos de “posverdad”, el eufemismo que hoy naturalizamos para designar a la mentira, se vuelve admisible llamar “revisionismo” al lobby de quienes pretenden igualar los lauros deportivos del profesionalismo con anecdóticas competiciones menores. Sólo bajo el reinado de las redes sociales, ámbitos propicios para el florecimiento de mitos terraplanistas y antivacunas, resulta viable que se le adjudiquen visos de objetividad estadística al intento de relativizar el “borrón y cuenta nueva” que implicó 1931 en la organización y el desarrollo de nuestro fútbol.

Para “bajarle el precio” a la importancia del profesionalismo y negar la diferenciación de eras, los revisionistas recurren a dos argumentos principales. Esgrimen, por un lado, que en 1931 apenas se blanqueó lo que ya venía pasando, aludiendo así al denominado “amateurismo marrón”. Reconocen de mala gana, por otro, que el período amateur registró innumerables irregularidades de diversa índole, pero de inmediato recalcan que el profesionalismo no estuvo exento de ellas.

Se conoce como “amateurismo marrón” o “profesionalismo encubierto” a un período que arrancó en la década de 1910, cuando algunos clubes empezaron a remunerar solapadamente -dado que era ilegal- los servicios de sus futbolistas. Hasta entonces, el fútbol argentino era concebido como un divertimento y las escuadras no tenían reparos en jugar de nuevo los partidos que suscitaban alguna controversia o llegaban a intercambiar futbolistas por cortesía. Los muchachos de Alumni, por caso, en 1906 salieron sin arquero a enfrentarse a Belgrano Extra para que el match no fuera tan desparejo (eso no evitó, de todos modos, que se impusieran 9-0).

Justamente Alumni, el club más exitoso hasta la llegada del “amateurismo marrón”, decidió desafiliarse en 1911, después de obtener su décimo “título”. Sus representantes no compartían que el fútbol argentino perdiera paulatinamente su faceta lúdica y recreativa para orientarse cada vez más al plano competitivo. Pioneros hasta en esto, tiraron la toalla 20 años antes de que triunfara la profesionalización.

Los idealizadores del fútbol amateur suelen reivindicarlo por su espíritu romántico y desinteresado. “Antes se jugaba por amor a la camiseta”, afirman, “ahora todo es por plata”. Las prácticas del “amateurismo marrón”, sin embargo, se generalizaron durante los años 20 e incidieron de manera innegable en el quiebre profesional de principios de los 30. Los revisionistas evocan las remuneraciones “en negro” para intentar establecer una continuidad entre uno y otro fútbol, soslayando el “antes y después” que representó el profesionalismo en materia organizativa, normativa, de registro histórico, de competitividad y de progresiva federalización.

No hay fútbol argentino tal como lo conocemos, su desarrollo es inconcebible sin la reformulación del 18 de mayo de 1931.

Con la creación de la Liga Argentina de Football se dio respuesta a la necesidad de oficializar el carácter profesional de un deporte que ya no podía practicarse como un simple juego, que debía ser conducido con un mayor grado de formalidad, reconociendo a los futbolistas su condición de trabajadores, regularizando los traspasos entre equipos y cubriendo las exigencias de una creciente masa de seguidores, entre otros factores. El fútbol argentino se calzaba, de una buena vez, los pantalones largos.

A lo largo de 13 columnas, hace cuatro años, hemos hablado largo y tendido de las anomalías del amateurismo, pero aun así el racconto efectuado no fue más que superficial, incompleto. Podrían colmarse cuantiosos volúmenes con las incidencias de cada uno de los certámenes disputados en los años fundacionales de nuestro fútbol (y eso que sólo contamos con una fracción de los registros de lo acontecido). En efecto, durante la era amateur se celebraron “ligas” y competiciones signadas por la escasez de participantes, los partidos incompletos, los abandonos del campo de juego, la no presentación de equipos, la desafiliación de clubes, los vacíos legales, los ascensos a dedo, las supresiones de descensos y las finalizaciones abruptas de certámenes, entre otras irregularidades que hoy desvirtuarían cualquier torneo barrial.

No hay dudas de que también hubo, hay y seguirá habiendo falencias y arbitrariedades en el profesionalismo. Los hinchas de San Lorenzo lo sabemos muy bien, las hemos sufrido muchas veces. La diferencia obvia, con respecto a la era amateur, estriba en el carácter excepcional de estas incidencias. Lo irregular dejó de ser constitutivo, como en el periodo de proto-organización de nuestro fútbol, para convertirse en ocasional y reprochable. Lo que era regla se volvió excepción.

Algunas de las anomalías más graves, desde 1931 hasta hoy, se dieron durante los primeros tiempos del profesionalismo, como la fusión obligada de clubes de menor envergadura dictaminada en 1934, que dio lugar a disparates como la fugaz creación de Argentinos-Atlanta y Talleres-Lanús. Otras, en cambio, son absolutamente recientes, como la ampliación del cupo de ascensos instrumentada en 2013 para conformar una liga de 30 equipos (decisión cuyas consecuencias negativas seguimos padeciendo por estos días).

También pueden mencionarse la huelga y el éxodo de jugadores a poco de que se completara el campeonato de 1948, el escándalo ante la posibilidad de que Boca o Huracán descendieran en 1949, el bochorno de Independiente 9-San Lorenzo 1 en 1963, la culminación sin árbitro de un Banfield versus Newell’s en 1972, el alquiler del plantel de Racing a Argentinos de Mendoza en 1986, el certamen 1989/1990 en el que los partidos se desempataban a penales, el triangular que definió el Apertura 2008, la vigente prohibición a la presencia de hinchas visitantes en todos los estadios y la consideración de la Superfinal de 2013 entre Vélez y Newell’s como título de liga, entre otros ejemplos.

Lo que de ningún modo puede afirmarse, como en el caso del amateurismo, es que todas y cada una de las competiciones disputadas desde 1931 hasta la fecha estuvieron mancilladas por incidencias anómalas que las desvirtuaron de manera parcial o total. En una sola temporada de la era amateur, de hecho, puede reseñarse una cantidad similar o incluso mayor de irregularidades que en las casi nueve décadas de fútbol profesional.

Fuera de lo estrictamente vinculado con el desarrollo de los partidos y los torneos, el profesionalismo posibilitó la regularización de la situación salarial y laboral de los futbolistas argentinos, que así comenzaron a ejercer su derecho a la libertad de contratación; también le otorgó instrumentos legales a los dirigentes de los clubes en la gestión de sus planteles; y promovió una gradual federalización del deporte, abriendo las puertas de la afiliación a los clubes del interior. Demasiados ítems de insoslayable trascendencia como para asimilar lo disímil y sostener el mito de la equiparación de eras.

Continuará…

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