29 AGO
2020
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CONTATE OTRO 2.0 (PARTE 9)


Por Carlos Balboa
Periodista. Socio 12.236. Socio Refundador 2.045

La construcción del mito revisionista requiere investir de “neutralidad” u “objetividad” la búsqueda de “la verdad histórica”; o sea, la reescritura del palmarés y las estadísticas del fútbol argentino. No les basta, sin embargo, con negar ser parte interesada en el asunto. Afirman, además, que quien contradice su versión de la historia lo hace sólo por conveniencia.

CONTATE OTRO 2.0 (PARTE 9)

Me gusta pensar, como hincha de San Lorenzo, que si el amateurismo hubiera sido una “época dorada” para el palmarés azulgrana, igualmente evitaría raspar el fondo de la olla histórica pidiendo su equiparación. Al margen de la suposición contrafáctica de dignidad y amor propio, no es casual que uno arranque esta columna asumiendo de manera explícita -como desde el primer Contate Otro- desde dónde habla. Se llama “honestidad intelectual”, un concepto que los revisionistas estratégicamente dejan de lado.

Aunque desde su seno se esfuercen por remarcar el respaldo que les brindan simpatizantes de todos los clubes del fútbol argentino y repitan que sus conclusiones son fruto del consenso “de una amplia mayoría de estadígrafos e historiadores”, lo cierto es que el revisionismo nació por la iniciativa de un pequeño grupo de activistas principalmente identificados con Racing y Huracán a los que ya les hemos puesto nombre y apellido.

Esta movida, que llevaba algunos años de trabajo subrepticio, aprovechó para salir a la superficie en 2013, cuando la AFA atendió el reclamo presentado por San Lorenzo para la correcta contabilización del torneo de liga ganado en 1936 (Copa de Honor). La respuesta positiva de la entidad rectora del fútbol argentino se vio acompañada por otras dos medidas: 1) la errónea adición de un campeonato a River (que había obtenido la Copa Campeonato y terminó recibiendo otra liga por la Copa de Oro); y 2) la ratificación de la existencia del amateurismo y de una serie de competiciones irregulares en función del pedido de diversos clubes (encabezados, claro, por Racing y Huracán).

Nótese que la AFA no pasó de negar a reivindicar el período amateur ni las copas de poca monta, simplemente le dio nueva visibilidad para satisfacer las quejas de los revisionistas. Y aunque el sitio web de la AFA mantuvo claramente separados a los lauros del amateurismo de los profesionales, los revisionistas se montaron con oportunismo en su “reconocimiento” para dar por hecha la homologación de estrellas.

La parcialidad del revisionismo queda constantemente expuesta en sus canales oficiales de comunicación (básicamente, la cuenta @rhdelfutbol y sus repetidoras), por más de que cada tanto le regalen un tuit amigable a San Lorenzo u otros clubes. Se les “ve la hilacha”, por ejemplo, cuando invisibilizan a Alumni para que sus infografías no pierdan seriedad, cuando aplican recortes temporales para cuantificar determinados ítems y cuando utilizan criterios disímiles para medir otros. Casi siempre lo hacen, “casualmente”, beneficiando a los mismos clubes: Boca, Racing y Huracán.

No negamos que los revisionistas tengan el aval de “algunos de los nuestros”. Están los cuervos que, distraídos o fáciles de engatusar, tardaron bastante en retirarles el apoyo. Pero también cuentan, es cierto, con el aval de algunos que hacen del archivo histórico su modo de posicionarse en el mundo del fútbol -o, en el peor de los casos, que hacen del revisionismo su kiosco-, y anteponen sus intereses personales ya no al interés de San Lorenzo, sino al sentido común. Son, por lo general, los que toman como un ataque personal la separación de eras y el relegamiento del amateurismo. Contra esas miserias propias, funcionales a los intereses ajenos, también es la batalla de sentido.

No menos sorprendente resulta el tono tajante de algunos periodistas de renombre que hasta hace poco sentenciaban públicamente que homologar los títulos de ambos períodos históricos era un absoluto disparate, y que ahora tratan sin medias tintas como “ignorante” o “fanático” a todo aquel que sostenga esa misma postura.

Es que a los revisionistas no les alcanza con disfrazar de “interés común” su interés particular, ni con hacer pasar como “objetiva” su aspiración a reescribir la historia. Al arrogarse la “verdad histórica”, necesitan calificar como “parcial” todo desacuerdo, incluso el procedente del sentido común y la tradición. “El que no cuenta el amateurismo, lo hace por conveniencia”, dicen, como si los motivara la asepsia estadística. “Son capaces de negar una parte de la historia de su club para no verse superados por otros”, agregan con envidiable cinismo.

Está claro que el fútbol argentino no se fundó en 1931, pero el impulso precursor de los años aficionados resulta insuficiente para una equiparación valorativa de sus competiciones. Tal como queda expuesto al echar luz sobre los inicios de este deporte en el país, homologar la era amateur con la profesional es contradecir los principios más básicos de la estadística. Es, asimismo, una necedad, una forma de negar la historia.

Como ya hemos dicho otras veces: cuanto más se revisa el ayer, menos margen queda para el revisionismo homologador de hoy.

Nadie le quita romanticismo a la fundación de San Lorenzo en 1908, la inauguración del Gasómetro en 1916 o el sacrificio de Jacobo Urso en 1922. Todo lo contrario. A partir de esos hitos se empezó a construir nuestra identidad azulgrana. Lo que no significa que pueda admitirse la equiparación del campeonato de aficionados del 23, por ejemplo, con cualquier título del profesionalismo.

La consolidación de una mayor jerarquía en la consideración del fútbol argentino para los certámenes profesionales estuvo planteada como inevitable desde el vamos; es decir, desde el “reset” del 31. Esta es una verdad histórica que trasciende la camiseta que llevemos puesta. Todo intento de revertir este proceso y de reescribir la historia no puede proceder más que de la falta de rigor analítico o de la especulación de actores interesados. Si se repasa el tema a conciencia, no hay manera de defender la homologación del amateurismo desde la “objetividad”.

Continuará

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