18 OCT
2013
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SE PUEDE PERDER, PERO NUNCA ASÍ


Por Pablo Artecona
Licenciado en Comunicación. Escritor. Colaborador en DBV. Socio Nro. 70.773
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EtiquetasEtiquetas: Hinchada - Copa Argentina

Sin tiempo estimado para poder digerir la final de la Copa Argentina en la que San Lorenzo cayó ante Arsenal en Catamarca, y lejos de dar la vuelta la pagina, no puedo evitar, a través de estas líneas, expresar mi repudio ante la manera en la cual se dejó pasar -una vez más- la gran posibilidad de dejar otra estrella en la historia de nuestro Club. No solo duele la derrota, sino la forma en la cual se perdió.

SE PUEDE PERDER, PERO NUNCA ASÍ

Pongo una radio. La cambio. Bajo el volumen de la televisión y lo subo nuevamente. Prendo una velita a Lorenzo Massa para que nos ilumine, no sin antes preparar unas ocho cábalas al pie de la letra. Parezco un mono enjaulado y todavía falta una hora. Pienso en mis amigos a más de mil kilómetros yéndose en auto, en avión, en micro, o en mula si es necesario, todo por San Lorenzo. Los medios nacionales anuncian que hay 20.000 personas, pero sé que son más. Trato de considerar que dentro de las posibilidades está la derrota del partido, siendo un equipo duro nuestro rival de turno, pero lo descarto en breve para no seguir haciéndome la cabeza.


Todo está preparado para la fiesta azulgrana. La gente, nuestro gran equipo, y la historia que nos acompaña. Pero empieza el partido y parece una película de terror. Jugadores propios con miedo, facilitando el gol de los rivales, y en menos de un tiempo con un jugador expulsado de forma infantil.


Veo fantasmas deambulando con nuestra gloriosa casaca en la cancha. Hay excepciones, sí, y son las de siempre, el 5 y el 10, los únicos que parecen entender lo que significa este partido. El resto trota, juega al fulbito, y no está a la altura de la historia, ni de las circunstancias. Parecen no sentir los gritos de las miles de almas que llenaron una cancha a su alrededor.


Claro, tampoco imaginan que hubo gente que pidió dinero prestado para viajar. Personas que no durmieron el día anterior. Hinchas que tuvieron problemas digestivos a causa de los nervios previos al partido, desde varios días antes de la final.


Pero el cotejo continúa y la ilusión se renueva: quizá cambie la fortuna y podamos dar vuelta lo que empezó torcido. No, nada de eso pasa. No puedo creer lo que veo, o -mejor dicho- no quiero aceptarlo. Los goles rivales no tardan en llegar nuevamente. Pienso en las suspicacias sobre todo lo que rodea este partido como un argumento que definitivamente ya no es válido. Ni siquiera ese \\\"consuelo\\\". Nos ganan bien, poniendo lo que hay que poner en una instancia decisiva, con los nuestros trotando como zombis, espectadores de lujo de una final deportiva.


No me entra en la cabeza la derrota de esta forma. Me pregunto cómo se puede jugar así. Con miedo. Con displicencia. Con indiferencia. Le consulto a un hermano de la vida si se puede perder una final de esta manera. Me responde inmediatamente que, con la historia que tiene nuestra institución, se puede caer pero nunca así. Pienso entonces, que tan loco no estoy.


Las finales se ganan. Pero si toca perder, uno pretende ver a 11 leones heridos, ensangrentados filosófica o literalmente, avergonzados con la derrota. No profesionales displicentes que aleguen cualquier excusa o justificativo para no asumir que jugaron sin sangre el partido esperado tanto tiempo por sus hinchas. Mi hijo de cinco años me dice: “Papá nos ganaron la Copa”, mientras llora desconsolado de tristeza. Y tengo ganas de hacer lo mismo, con 30 años más que él, pero no puedo. Mientras tanto, y a todo esto, veo al plantel que nos representa, y me convenzo de que no pueden ni siquiera imaginar lo que nos pasa a los que amamos esta camiseta y esperamos tanto tiempo para poder verla en una final.


No los repudio ni los justifico, aunque creo que no podrán sentir nunca (salvo las excepciones citadas y alguna otra que se pueda sumar) lo que nos dejó esta derrota que fue mucho más que la de un partido. Fue una derrota de la dignidad, de la ilusión.


Cuando era chico, mi viejo me enseñó algo que llevo conmigo siempre, y es que se gana y se pierde en el futbol como en la vida. Pero siempre debe ser con dignidad. Uno a veces no puede ganar, pero debe dar la vida en el intento. Nunca esta indiferencia que mostraron los jugadores de San Lorenzo en Catamarca. Siento orgullo, por ser parte de la gente que acompaña incondicionalmente al Club, pero vergüenza de esta derrota tan lejos de nuestra historia. Tan diferente a lo que nos dejaron los Jacobo Urso, los Monti, los Sanfilippo, los Matadores, los Camboyanos.


Estas palabras pueden doler a alguien, pero ojalá sirvan para que se imaginen los jugadores profesionales lo que significa el dolor que sentimos los que estamos afuera. Los que ponemos la cara siempre. Los que debemos entender siempre al frío profesionalismo de moda. Tan lejano al fuego sagrado que se necesita para lograr cosas importantes a la altura de un Club tan grande.

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SE PUEDE PERDER, PERO NUNCA ASÍ SE PUEDE PERDER, PERO NUNCA ASÍ SE PUEDE PERDER, PERO NUNCA ASÍ SE PUEDE PERDER, PERO NUNCA ASÍ SE PUEDE PERDER, PERO NUNCA ASÍ

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